Bajos Submeridionales: por qué son clave para el Chaco
Se llaman Bajos Submeridionales y son, según cómo se los mida, uno de los humedales más grandes y menos conocidos de la Argentina. La región abarca una franja de tierras bajas y anegadizas que se extiende por el sur del Chaco, el noroeste de Santa Fe y el sudeste de Santiago del Estero, dentro de la gran llanura chaco-pampeana. Las estimaciones sobre su superficie varían según el criterio técnico utilizado, pero los estudios más citados hablan de aproximadamente 54.278 kilómetros cuadrados, equivalentes a unos 5 millones de hectáreas, mientras que trabajos académicos más recientes elevan esa cifra hasta los 8 millones.
De esa superficie, Santa Fe ocupa la porción más extensa, con algo más de la mitad del territorio, seguida por Santiago del Estero y, en tercer lugar, el Chaco, con aproximadamente el 23,5% de la región dentro de su territorio provincial. Es una planicie con una marcada pendiente de noroeste a sudeste, donde el agua escurre lentamente a través de un sistema de lagunas, cañadas y arroyos hasta desembocar, principalmente, en el arroyo Golondrinas, que descarga en el río Calchaquí, tributario del río Salado.
Una geografía moldeada por el agua y la sal
Los Bajos Submeridionales no son una llanura cualquiera. Se trata de un sistema hidrológico de características no típicas, donde predominan los flujos laminares: en lugar de circular por cauces definidos, el agua avanza en forma de manto sobre tenues elevaciones del terreno, pasando de una depresión a otra según el volumen de las precipitaciones. Los suelos son mayoritariamente arcillo-limosos y de difícil infiltración, lo que favorece que los bajos se colmaten rápidamente con las lluvias.
Tanto las aguas superficiales como las subterráneas presentan, en general, altos contenidos de sales. Estudios hidrogeológicos clasifican a las napas de la región como sulfatadas, cloruradas y sulfatadas-cloruradas sódicas, lo que las vuelve no aptas para el consumo humano y animal sin tratamiento previo. Por esa razón, una de las prácticas tradicionales más extendidas entre los productores de la zona es el almacenamiento de agua de lluvia en represas y aljibes para la bebida del ganado, evitando que se mezcle con el agua salobre de la napa.
La región suele dividirse en tres franjas con características productivas distintas: un domo occidental, con suelos más aptos para la agricultura, el tambo y la ganadería, donde las inundaciones son esporádicas; una zona de transición de mayor frecuencia de anegamientos, con aptitud principalmente ganadera; y una franja oriental de inundaciones frecuentes, pastos duros y suelos salinos, apta casi exclusivamente para la ganadería de cría extensiva sobre pastizales naturales de paja chuza (Spartina argentinensis).
Un reservorio de biodiversidad poco conocido
Más allá de su valor hídrico y productivo, los Bajos Submeridionales constituyen un refugio significativo de fauna y flora silvestre. La región funciona como sitio de concentración y nidificación de aves acuáticas —flamencos, patos, chorlos y playeros— y alberga poblaciones de aves de pastizal en buen estado de conservación. Entre sus especies más sensibles figuran el águila coronada y el cardenal amarillo, ambas amenazadas de extinción a nivel nacional, así como el venado de las pampas y el aguará guazá, dos mamíferos declarados Monumento Natural en distintas jurisdicciones y catalogados «en peligro» en la Argentina.
Esta riqueza biológica convive, sin embargo, con una creciente presión productiva. La expansión de la frontera agrícola registrada en las últimas décadas —la superficie sembrada con soja en las tres provincias se duplicó entre 1990 y la campaña 2021/2022— intensificó el debate sobre el impacto ambiental de las obras de canalización y desmonte sobre un ecosistema que depende, en gran medida, de su capacidad natural de retener y filtrar agua.
Sequías e inundaciones: un ciclo que se repite cada pocos años
La característica que define a los Bajos Submeridionales desde el punto de vista climático es la alternancia entre inundaciones y sequías extremas, con una recurrencia de anegamientos que los estudios técnicos ubican entre dos y cuatro años. Esa variabilidad genera situaciones críticas tanto para la actividad productiva como para los asentamientos poblacionales de la región, y obliga periódicamente a las tres provincias a declarar emergencias agropecuarias o hídricas.
El origen de esa inestabilidad combina factores naturales y humanos. Desde mediados del siglo XX se construyeron en la zona sistemas de canales destinados a vincular bajos y lagunas para disminuir los tiempos de anegamiento, pero buena parte de esas obras —según reconstruyen estudios históricos— nunca se completó de manera integral: se excavaron zanjones sin las retenciones necesarias para un manejo adecuado del agua. El resultado fue una degradación progresiva del suelo, la desaparición de espejos de agua característicos de la región y una pérdida sostenida de flora, fauna y potencial productivo, agravada por ciclos de sequía severa como el registrado entre 2008 y 2009.
Décadas de estudios y un comité que busca coordinar tres provincias
El interés institucional por ordenar la gestión hídrica de la región no es nuevo. Ya en los años 80 se desarrollaron estudios integrales del sistema y se elaboraron los primeros proyectos de desarrollo agropecuario junto a bancos de datos hidrometeorológicos. Durante los años 90 se profundizó esa línea de trabajo con la puesta en marcha de un Plan General de Manejo que fijó pautas como la preservación del recurso hídrico proveniente de las lluvias, el análisis de la posibilidad de almacenar excedentes pluviales y la necesidad de abordar el problema de manera integral entre las distintas jurisdicciones.
Esa articulación se formalizó recién en 2018, cuando Chaco, Santa Fe, Santiago del Estero y el Estado nacional crearon el Comité Interjurisdiccional de la Región Hídrica de los Bajos Submeridionales (CIRHBAS), el organismo que desde entonces coordina el diseño y la ejecución de un Plan Director de obras e intervenciones. El plan, elaborado en conjunto con el Consejo Federal de Inversiones, el Instituto Nacional del Agua y universidades nacionales, llegó a contemplar más de 160 medidas distribuidas entre agua y saneamiento, control de inundaciones, obras viales, gestión de riesgo hídrico, conservación de suelos, redes eléctricas y servicios de conectividad.
Las obras previstas y el debate ambiental que generan
En el caso particular del Chaco, los proyectos contemplados en distintas etapas del Plan Director incluyeron obras de alcantarillado, defensas urbanas en numerosas localidades del sur provincial, reservorios de agua y planes de contingencia ante inundaciones y sequías, además de la ampliación de las líneas de canalización Paraná y Tapenagá. El conjunto de inversiones proyectadas para las tres provincias —sumando obras interjurisdiccionales y de readecuación de canales— se contabilizó, en distintos momentos del proceso, en cientos de millones de dólares.
No todas las miradas sobre estas intervenciones son coincidentes. Organizaciones ambientales advirtieron en distintas oportunidades que la ejecución de obras hídricas en la región, sin evaluaciones de impacto ambiental exhaustivas ni instancias de participación ciudadana previas, podría agravar antes que resolver los problemas estructurales del sistema, recordando que intervenciones pasadas realizadas sin una mirada integral terminaron profundizando sequías extraordinarias en lugar de mitigarlas.
Una región estratégica que sigue buscando su equilibrio
Más de cuatro décadas después de los primeros estudios técnicos, los Bajos Submeridionales continúan siendo, al mismo tiempo, una de las zonas de mayor potencial productivo sin explotar de la Argentina y uno de sus ecosistemas hídricos más frágiles. El desafío que atraviesa a las tres provincias —y que explica la persistencia de organismos como el CIRHBAS y el trabajo permanente de monitoreo de la calidad del agua por parte de la Administración Provincial del Agua en el sur chaqueño— es encontrar un punto de equilibrio entre el aprovechamiento productivo de la tierra y la preservación de un sistema hídrico del que dependen, en última instancia, las mismas comunidades que buscan desarrollarse sobre él.









































