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El Pombero, el duende del monte que el Chaco nunca dejó de temer

El Pombero: la leyenda guaraní que vive en el Chaco

En el Chaco, hay cosas que se saben sin que nadie las haya enseñado formalmente. Una de ellas es que de noche no se silba. Otra, que a la siesta los chicos no se van solos al monte. Y que si encontrás tabaco o miel dejada sobre un banco de madera cerca de un rancho, es mejor no tocarlos: son para él. El Pombero —o Pomberito, como lo llaman con la confianza temerosa que da el cariño— es el duende más presente en el imaginario del Chaco y del Noreste argentino. No es una leyenda de museo ni un cuento para turistas: es un relato vivo que todavía circula en los campos del Departamento Chacabuco, en los campamentos de cosecha y en las conversaciones nocturnas de los pueblos del interior chaqueño.

Quién es el Pombero: descripción y nombres

Las descripciones varían según quién cuenta y dónde, pero hay rasgos que se repiten. El Pombero es un hombre pequeño y fornido, de piel oscura y velluda, con manos y pies grandes y peludos, ágil y fuerte, con una mirada penetrante y astuta. Casi siempre lo representan con un gran sombrero de paja que le cubre el rostro, porque no deja que vean su cara.

Es conocido también como Pÿragué —»Pies peludos»—, Karai Pyhare —»el señor de la noche»— o Kuarahy Jára —»Dueño del sol»—, según la región y la comunidad guaraní que lo nombre. Tiene la capacidad de metamorfosearse: puede convertirse en un ave, en un tronco flotante u objetos inertes, y su presencia se asocia con un distante silbido, especialmente en entornos rurales.

En cuanto al origen del nombre, hay dos teorías. Una lo encuentra en el sur del Brasil, donde se llama «Pombeiro» al que espía, y otra lo deriva de la expresión guaraní «Po mberu» —»Mano de mosca»—, que alude a lo silencioso e imperceptible de este genio de la noche.

El guardián del monte: su función ecológica en la cosmovisión guaraní

Antes de ser el espanto de las siestas y el terror de los chicos que no duermen, el Pombero era otra cosa: el guardián de la naturaleza. Se le considera un espíritu protector de la naturaleza y los animales, pero también una criatura temida por su comportamiento ambivalente: puede ser tanto benévolo como maligno.

Su función primordial es la de cuidar del monte y los animales salvajes. Se enoja excesivamente si algún cazador mata más presas de las que consumirá. Si eso ocurre, se transforma en cualquier animal o planta y con argucias induce al infractor a internarse en lo profundo del monte, donde se pierde. Lo mismo sucede con el pescador, o aquel que tala árboles que no utilizará.

Esta dimensión del mito no es decorativa. En una región como el Chaco, donde la relación entre comunidades rurales y el monte era de supervivencia directa, el Pombero funcionaba como un regulador simbólico del uso de los recursos naturales: no mates más de lo que comés, no cortes más de lo que usás. Una ética ambiental transmitida por siglos en forma de miedo sagrado.

Esta creencia está profundamente arraigada en las provincias de Corrientes, Chaco, Misiones y Formosa, y lo notable es que persiste en la actualidad, aún en los estratos más altos de esas sociedades. El mito no está circunscripto solo a la clase trabajadora rural, sino que se extiende a gran parte de la población, sin distingos de posición social o nivel intelectual.

Las ofrendas: cómo ganarse al Pombero

El Pombero no es un enemigo inevitable. Puede ser un aliado, y la gente del campo chaqueño lo sabe bien. El hombre que quiera tenerlo de aliado puede dejar ofrendas por la noche: tabaco, miel o caña. La gente del campo le pide favores como hacer crecer los cultivos en abundancia o cuidar los animales de corral.

Pero la ofrenda tiene reglas estrictas. Después de pedirle un favor no deben olvidarse jamás de hacer la misma ofrenda todas las noches durante 30 días, porque si lo olvidan, despertarán su furia y hará innumerables maldades en ese hogar.

De ahí viene una de las frases más repetidas en el campo chaqueño y correntino: «¡Pomberito, Pomberito, si me hacés encontrar [el objeto perdido] yo te ofrezco tabaquito!». Promesa que, según la tradición, debe cumplirse sin falta.

Sus poderes y sus castigos

Cuando el Pombero se enoja, las consecuencias pueden ser menores o graves, según la magnitud de la ofensa. Puede molestar a sus enemigos tirándoles piedras, haciéndose invisible para mover las ramas de los árboles, imitar voces de animales salvajes, abrir puertas y ventanas con violencia, o aparecerse como un asno sin cabeza.

Pero hay castigos peores. Un mero roce con sus manos peludas puede producir que la persona se torne zonza, muda o experimente temblores para el resto de su vida. Y nunca, bajo ningún concepto, se debe pronunciar su nombre en voz alta ni hablar mal de él, porque esto lo enoja. Se dice que si se le imita el silbido, el Pombero puede contestar de manera enloquecedora.

El Pombero en la siesta chaqueña

Quizás la versión más vívida del mito en el Chaco es la que protagoniza las siestas del verano. Es muy común que una madre le diga a su hijo: «Si te escapás durante la siesta, te va a agarrar el Pombero«. No es solo disciplina familiar: es una advertencia que viene de siglos de tradición oral.

Habita las siestas y entre las horas de máximo calor emprende sus correrías por los bosques y chacras. Cuando se anuncia con su canto, produce terror y pánico. Los niños tiemblan, los ancianos conjuran, las mujeres buscan protección.

El Pombero andaba siempre por las desmotadoras de algodón en el Chaco, por los arrozales y tabacaleras en Corrientes, y por los molinos yerbateros y los aserraderos en Misiones, siguiendo a los trabajadores rurales de la región como una sombra que nunca se aleja del todo del monte.

Un mito vivo en el Chaco del siglo XXI

El Pombero no quedó atrapado en el pasado. En muchas zonas rurales del Chaco, Formosa y Misiones, aún se le deja tabaco o caña cerca de los corrales para «tenerlo contento». Las madres enseñan a los hijos a no hablar mal de él, ni a silbar de noche, por miedo a que se presente.

En las comunidades rurales del NEA argentino y en Paraguay es aún común escuchar el temor a este personaje mítico. No es rareza ni superstición de los más viejos: es parte del tejido cultural de una región donde la naturaleza siempre fue más grande que los hombres, y donde los relatos que enseñan a respetarla nunca perdieron vigencia.

En Charata y en cada pueblo del Departamento Chacabuco, algún abuelo tiene su historia con el Pomberito. Algún silbido escuchado en el campo una noche que no había viento. Algún objeto que apareció donde nadie lo había puesto. El monte chaqueño guarda sus secretos, y el Pombero sigue siendo su guardián más célebre.

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