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La historia de «Mate Cosido», un bandido entre el misterio y la leyenda

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La historia de "Mate Cosido", un bandido entre el misterio y la leyenda

La historia de «Mate Cosido», un bandido entre el misterio y la leyenda. El tren se acercó a la estación de Villa Berthet, en el Chaco. No llevaba pasajeros comunes sino a gendarmes que estaban agazapados en los vagones, esperando, nerviosos. Mate Cosido no sabía que lo habían traicionado y que la Gendarmería le había tendido una trampa.

El 22 de diciembre de 1939, su banda secuestró a Jacinto Berzón, encargado de una estancia. Le pidieron a su familia 50.000 pesos de rescate con estas instrucciones: el 7 de enero de 1940, antes de que el tren llegase a Villa Berthet, a una señal debían tirar el paquete con la plata por una ventanilla.

El día fijado, Mate Cosido y “El Tata Miño”, un compinche, hicieron la señal con una linterna y el tren redujo la marcha. Desde una ventanilla tiraron un paquete (tenía recortes de diarios) y los bandidos se acercaron confiados pues la oscuridad los protegía. De pronto, una bengala iluminó el lugar. Mate Cosido quedó inmóvil con la 45 en la mano.

Los gendarmes se incorporaron y tiraron con carabinas Mauser y pistolas Ballester Molina calibre 38 a todo lo que se movía. A la vez, descubrieron una ametralladora pesada Colt 7,65 que estaba tapada con una lona en un vagón bajo y sin techo.

La historia de «Mate Cosido», un bandido entre el misterio y la leyenda

Mate Cocido, en el diario El Litoral, tras tirotearse con la Gendarmería.

Un balazo dio en la mochila que llevaba el “Tata Miño” y se salvó, pero el jefe sintió que le quemaba la cadera. Le habían dado y quedó expuesto justo enfrente de la ametralladora. Se escuchó un chasquido, y otro más, y otro más. El gendarme artillero se puso pálido. Tenía a Mate Cosido a su merced pero en el apuro se habían olvidado de quitarle el seguro a la ametralladora. Mate Cosido se alejó rengueando. Gritos y más tiros. El enemigo público número uno del Chaco había escapado.

Segundo David Peralta usó siete nombres falsos en su vida pero tenía un solo alias, Mate Cosido, a causa de una cicatriz oblicua sobre la frente, del lado derecho, de un centímetro, que le quedó al coserle la herida. Eso dice en su prontuario de Gendarmería, que lleva el número uno. También, que medía 1,65, de pelo castaño, con una “calvicie frontal incipiente”, de labios finos y orejas grandes. Los años en el monte chaqueño oscurecerían su piel, le harían perder dos dientes y lo enflaquecerían.

Chaco recién sería provincia en 1951. En la década del 30 en ese territorio actuaba Gendarmería. Y lo que no dice aquella ficha es que la Gendarmería se estableció y organizó en el norte con el objetivo de atrapar a Peralta, una empresa impulsada por las firmas Bunge y Born, Dreyfus, La Forestal (el monopolio inglés del quebracho colorado) y los dueños de muchas estancias, a quienes Mate Cosido robaba acusándolos de explotar al obrero.

La Gendarmería no pudo cumplir con su misión. Aquella del tren de Villa Berthet fue la última vez que lo vieron. Hace 79 años, cuando escapó a la emboscada, Mate Cosido se convirtió en una leyenda –la del bandido benefactor– y también en un misterio –¿qué fue de él?– jamás resuelto.

Peralta no era chaqueño. Nació en Monteros, Tucumán, en 1897. Tenía cinco hermanos. Al terminar la primaria trabajó en una imprenta. Era curioso y le gustaba leer todo lo que caía en sus manos tanto como escuchar historias del campo.

Es curioso que Peralta y Juan Bautista Vairoletto, el otro famoso bandido rural de aquellos años, tuvieran problemas con la autoridad por la misma causa. Peralta salía con una chica que también le interesaba a un policía. Vairoletto, en Santa Fe, cortejaba a una jovencita que le gustaba a un cabo. Los dos terminaron igual: se cuenta que les inventaron delitos para sacarlos del medio. Vairoletto mató al cabo y se dedicó al bandidaje; Mate Cosido empezó a robar de verdad. Ambos dejaron a sus familias y perdieron a sus novias. Vairoletto se fue a La Pampa y Mate Cosido al Chaco.

A diferencia de Vairoletto, que asaltaba al voleo y según la ocasión, Peralta era calculador y planificaba con detalle los golpes con la información que le alcanzaban los peones, las prostitutas o algún policía corrupto. Su banda estaba formada por unos 15 hombres, entre ellos Pascual Miño, alias “El Tata Miño”, Eusebio Zamacola, alias “El Vasco”, Mauricio Herrera, alias “El Indio”, Antonio Rosi, alias “El Calabrés”, y Pedro Fitz, alias “El Alemancito”. Con ellos asaltó trenes y empresas; también a viajantes, pagadores, productores.

Se escondía en los montes chaqueños y en Santiago del Estero y Tucumán. En Córdoba tenía una casa quinta tipo fortaleza donde vivía su mujer, Ramona Romano, y su hijo, Ricardo Fernando.

Ramona Romano, su esposa.
Ramona Romano, su esposa.

Su imagen en la prensa de Buenos Aires era la del bandido que protegía a los pobres. Peralta es un caso único en el ambiente del delito debido a que solía escribir a una revista porteña. Ahora, para desmentir los partes de Gendarmería y contar su versión de los asaltos, crónicas periodísticas firmadas por el propio autor de los robos. Decía que los verdaderos ladrones eran sus víctimas, que explotaban el suelo argentino y a los campesinos.

El historiador Hugo Chumbita afirma que Mate Cosido y Vairoletto se conocieron. Los presentaron amigos en común, anarquistas. ¿Dónde? En un prostíbulo porteño de Barracas, o en un templo masónico de la logia Hijos del Trabajo, de San Antonio 814, también de Barracas.

Vairoletto estaba de paisano. Peralta, con traje negro. Dicen que simpatizaron, que acordaron operar en el Chaco contra la empresa La Forestal. Brindaron por “la anarquía y el reparto de tierras a los chacareros”.

El primer asalto en conjunto fue en marzo de 1938. Robaron al gerente de Quebrachales Fusionados, subsidiaria de La Forestal. El siguiente golpe fue un desastre. Eran las diez de la noche del 10 de mayo de 1938, los bandidos rodearon el establecimiento que tenía La Forestal en el paraje Kilómetro 25, pero los estaban esperando y en el tiroteo murió el mayordomo Oscar Mieres. Vairoletto creyó que había un soplón entre los de Peralta y volvió al sur.

La Logia Masónica "Hijos del trabajo", donde se reunieron Peralta y Vailoretto.
La Logia Masónica «Hijos del trabajo», donde se reunieron Peralta y Vailoretto.

Mate Cosido escribió una carta a la revista “Ahora” donde decía: «Otro regalito es la muerte del mayordomo Mieres; mi acusador Manuel Delgado (…) sabe bien quiénes son los verdaderos autores, y si usio mi nombre es para salvar a sus compañeros y tal vez violentado por la policía».

Mate Cosido cometió más robos en 1938 y en 1939 hasta que secuestró a Jacinto Berzón. Uno de sus hombres, Julio Centurión, que cuidaba al secuestrado, lo vendió. Dejó libre a Berzón y por sus informes la Gendarmería preparó la trampa del tren de Villa Berthet.

La herida en la cadera que se llevó Mate Cosido en esa emboscada era muy seria. Escapó hacia Añatuya, en Santiago del Estero. Los gendarmes lo siguieron la pista y hasta encontraron su bombacha de campo manchada con sangre. Durante un año vigilaron allí, en la casa de los padres en Tucumán y en la de su mujer en Córdoba.

A mediados de 1940 se dijo que había muerto al infectarse la herida de la cadera; se dijo que se refugió en Córdoba; se dijo que la traición lo decidió a abandonar la delincuencia e irse a Paraguay, donde pasó el resto de su vida. Lo único cierto es que tenía 43 años y que nunca más se supo nada de él.

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La Leyenda del Pacaá, la pacaá o gallina de monte

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La Leyenda del Pacaá, la pacaá o gallina de monte

En Historias, Mitos y Leyendas, hoy te traemos otro apasionante relato como lo son la mayoría de estos en nuestra región, hoy, la Leyenda del Pacaá.

El pacaá, la pacaá o gallina de monte, como también lo llama el pueblo, era un mozo necio y haragán que poco duraba en las estancias donde se empleaba como peón.

Según esta narración un joven muy haragán y perezoso que nunca duraba en ningún trabajo vivía en un humilde rancho con su anciana madre que lo amaba y se desvivía por atenderlo.

Pero un día este joven desapareció de su hogar y del lugar donde vivía. La razón era que había encontrado una tinaja con monedas de oro y joyas con piedras preciosas.

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Eso le permitió comprar propiedades, ganado y hasta una estancia donde se radicó, rico y feliz, mientras su madre lloraba amargamente pensando al pasar el tiempo sin noticias, que su amado hijo había muerto.

Pero un día un vecino de aquel rancho donde había vivido se enteró de la nueva vida de aquel joven egoísta y se lo contó a su madre.

Entonces, una fría noche de invierno esta se presentó en la estancia, enferma y hambrienta ,quiso abrazarlo ante su indiferencia y le pidió que le cebara unos mates para reconfortarse por la larga travesía que había hecho caminando.

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El mal hijo se negó con altanería diciendo ¡Opá el caá! (se acabó la yerba).

Entonces Tupá, su Dios, lo castigó por su desamor y su ingratitud.

Así lo transformó en un ave que al atardecer, al llegar la noche deja oír su canto triste, que suena como un eterno lamento, Opá el caá, opá.

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Salta
Un campesino asegura que vio al mítico Ucumar el “hombre oso”

El animal mítico del noroeste argentino habría sido visto por un campesino en una localidad de Salta. «Quedé completamente aterrado», aseguró el hombre.

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Un campesino asegura que vio al mítico Ucumar el “hombre oso”

Un campesino de la provincia de Salta aseguró haber visto la presencia de un “ucumar”, un animal mítico del norte argentino cuya figura se asemeja a una bestia peluda similar a un mono. Durante la última década se registraron unos 33 avistamientos.

El hecho sucedió en la zona del Pasteadero Chico, cerca de la ciudad de Metán, provincia de Salta, cuando un campesino notó que sus perros en dirección a un sembradío. “Pensé que podría ser alguna vaca o caballo, o ladrones que entran a robar choclos, por eso agarré mi linterna y me fui hacia ese sector, en medio de una oscuridad total. Los perros estaban asustados y regresaron de inmediato”, relató el hombre a El Tribuno.

Y reveló: «Cuando alumbré hacia adelante quedé completamente aterrado porque ahí estaba esa cosa, era como un gorila grande, peludo y color oscuro».

El hombre describió que el mítico animal «iba caminando a paso lento, era muy robusto, miró hacia donde yo estaba y ahí le vi los ojos rojos. Luego se metió al monte».

«Sé que hay todo tipo de comentarios y bromas, pero yo jamás mentiría. Yo le aseguro que he visto a esa bestia peluda, como un mono grande, de unos 1,70 metros de altura», detalló el hombre.

¿Qué es un Ucumar?

El ucumar – también conocido como “Ucumarí”, “Jucumari”, “Ucumare” o simplemente “hombre oso” – es un animal mítico del norte argentino.

En el libro “Seres sobrenaturales de la cultura popular argentina” (1984), de Adolfo Colombres, se lo describe al Ucumar – que en lengua aimara significa «oso» – como “el hombre oso al que se lo representa en distintos grados de hibridación: desde un oso de baja estatura, feo y peludo, con ligeros rasgos humanoides, hasta un hombre bestial, totalmente cubierto de pelos, larga barba y frente angosta”.

Según se cree, el ucumar vive en cuevas, en el fondo de las quebradas, merodea los ríos y las vertientes, para bañarse por lo que se dice que es fácil encontrar pisadas, que son similares a las de un oso.

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Anka
El Quebracho Colorado (Leyenda Quichua)

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El Quebracho Colorado (Leyenda Quichua)

En esta oportunidad te traemos una Leyenda Quichua de las más populares, preparate para disfrutar de la leyenda de «El Quebracho Colorado».

Anka era el cacique de una tribu quichua de las que ocupaban el territorio
de nuestro país que hoy llamamos Santiago del Estero.
La selva, poblada por gigantes de troncos recios y grandes copas siempre verdes, de cuyas ramas colgaban como encajes las lianas y las enredaderas,
les proporcionaba el alimento necesario para su subsistencia.
El tacu, el árbol sagrado de los bravos indígenas, era la planta completa. Les
daba sus bayas doradas que ellos transformaban en patay o en aloja o que comían al natural gustando su sabor dulce y agradable.

Anka tenía un hijo: Puca-Sonko, que desde pequeño acompañó a los hombres
de la tribu en las incursiones a la selva, en la caza del jaguar, del venado y del
quirquincho, adquiriendo así una fortaleza física y una destreza como sólo la
vida sana, en contacto directo con la naturaleza es capaz de proporcionar.
Así llegó Puca-Sonko a ser un muchacho fuerte y audaz cuyos brazos nervudos de acero bruñido manejaban el arco y la fl echa, la lanza y el hacha con la
maestría del más aguerrido y valiente de los guerreros de su padre.
En las luchas contra otras tribus belicosas que pretendieron despojarlos de sus
posesiones, el muchacho demostró su sin igual amor a la tierra de sus antepasados, dando pruebas concluyentes de coraje y de audacia.

En tiempos de paz, la vida transcurría plácida y serena en el seno de la tribu de Anka, el cacique venerado por todos

Dedicados a labrar la tierra, a la tejeduría y a la alfarería, fueron sorprendidos
por la infausta noticia de que importantes ejércitos de viracochas venían del
norte en son de conquista.

Interrumpieron entonces sus labores para dedicarse a trazar planes de acción
tendientes a combatir al enemigo que se acercaba y cuyas armas — ellos ya las
conocían — parecían creadas por Zúpay para ayudarlos en sus conquistas.
Anka llamó a su hijo. Se lamentó de que su edad y su precario estado físico
le impidieran encabezar las fi las de guerreros que combatirían a los extranjeros,
pero confi aba en Puca-Sonko, que lo reemplazaría en la dirección de la lucha,
pues unía a su bravura indómita una viveza y una perspicacia incomparables.
Escuchó Puca-Sonko los sabios consejos de su padre y confi ado y decidido a
vencer en la contienda, partió con sus huestes en busca de los intrusos.
Mucho tuvieron que luchar, pero al fi n la astucia y su gran conocimiento del
terreno lograron el triunfo sobre la inteligencia y la fuerza de los extranjeros, que
debieron retirarse impotentes para realizar sus propósitos.

Pasó el tiempo. La paz volvió a reinar en la tribu y la vida de trabajo recomenzó.
El viejo cacique, cuya vida declinaba de día en día, sintió acercarse el fi nal de
su existencia.

La alarma cundió entre los que lo rodeaban y de inmediato se envió a llamar
al hechicero.
Presto acudió el machi y debemos agregar que bien provisto, tal como acostumbraba hacerlo siempre.

A fin de dar visos de verdad a su tratamiento, recogía una piedrecita, una espina, un gusano o cualquier objeto que le fuera posible llevar en la boca y con él así escondido, se presentaba ante el enfermo.

Esto mismo hizo en la presente ocasión, en que llevaba, debajo de la lengua, oculto a las miradas de todos, un gusano hallado junto a su toldo.

Entró a la casa del cacique moribundo chupando la pipa, que sólo rara vez dejaba de fumar.

Se acercó al enfermo y, como si realmente conociera el mal que aquejaba al
anciano, aplicó sus labios al pecho del curaca, chupando con fuerza. Parecía que
esto bastaba para arrancar del cuerpo la dolencia que lo aquejaba.

Después de realizar varias veces esta operación se levantó, acercó a su nariz
polvo de semillas de servil y aspiró con fuerza, lo que le produjo gran excitación
y un estado particular. Parecía hallarse poseído por algún espíritu extraño.
Hizo después diversos gestos, profi rió gritos destemplados y elevó sus brazos
con movimientos nerviosos.

Una vez cumplido este ritual, entre espumarajos arrojó el gusano que aun
guardaba en su boca y dijo con voz monótona, mostrándolo a los presentes,
ahora descansando en la palma de su mano:

—¡Cuánta razón tenías al quejarte, Anka! Este coro roía tus entrañas produciéndote sufrimientos y desazón. Míralo. Aquí está… Desde ahora tus males han
terminado. Descansarás tranquilo y recuperarás la salud.
Sin embargo, contra tales afi rmaciones del machi, esa misma noche, el cacique
murió.

Reunido el Consejo de Ancianos entregó el poder a Puca-Sonko, que reemplazó a su padre como curaca de la tribu.

Al poco tiempo volvieron a llegar rumores de que ejércitos de hombres blancos, en camino desde el norte, avasallaban a los pueblos indígenas que encontraban a su paso.
Fue lo sufi ciente para que los súbditos de Puca-Sonko, encabezados por él
mismo y siguiendo sus ejemplos de audacia y de bravura, no pensaran sino en
prepararse para hacer frente y expulsar de sus dominios a los odiados extranjeros.

El chasqui que llegó con la confirmación de la noticia de su arribo venía impresionado por el aspecto marcial de los españoles, cuyos cascos de metal bruñido relumbraban al sol. También sus corazas refulgían con brillo de oro al ser alcanzadas por los rayos de Inti.

Y llegó el día en que la selva se pobló de ruidos extraños, de retumbar de
cascos de caballos, de chocar de armas y de voces que hablaban un idioma desconocido…
Los españoles estaban muy cerca de la aldea. Habían decidido acampar a la
salida de la selva. Allí establecieron su cuartel.

La rapidez del chasqui, cuyas ágiles piernas y su gran resistencia le permitían
recorrer largas distancias en relativamente cortos espacios de tiempo, hizo posible que los indígenas de la tribu de Puca-Sonko conocieran el arribo de los
españoles al tiempo que éstos realizaban las tareas de instalación.
Los indígenas aprovecharon la nueva para prepararse. No querían ser tomados
desprevenidos.

Esa noche Puea-Sonko no durmió. Por primera vez debía enfrentar, como jefe
supremo de su tribu, a un enemigo tan peligroso como era el extranjero. Por eso
su mente no dejó un momento de elaborar proyectos. Deseaba salir airoso de tan difícil situación salvando sus posesiones y el bienestar de su pueblo.

Después de mucho luchar consigo mismo, decidió poner en práctica un plan
audaz y por demás arriesgado pero con el que le pareció tener más probabilidades de triunfo.
Decidido, llamó a los guerreros más importantes. Era medianoche y todos
dormían en la aldea indígena.

Cuando estuvieron reunidos, el curaca así les habló:

— Como lo afi rmó el chasqui que vino del norte un ejército de viracochas
ha acampado a la salida de la selva, instalando allí su cuartel. Sin duda piensan
atacarnos, dirigiendo desde allí las operaciones. Pero he decidido que no les demos tiempo para que procedan así, sino que, por el contrario, tomándolos por
sorpresa y aprovechando que se hallan preparando su instalación, seremos nosotros quienes iniciaremos el ataque, única forma que puede favorecer nuestra
acción. Los extranjeros son muchos y sus armas seguras y diabólicas aniquilarán
a nuestros hombres. Si a nuestro brío y a nuestra bravura no agregamos astucia
y sagacidad, estamos perdidos… ¡ellos serán los vencedores!

Un rumor de voces indignadas acompañó sus últimas palabras. El más importante de los guerreros respondió:

—Señor… imparte tus órdenes que nosotros estamos dispuestos a cumplirlas.
¡No dejaremos de luchar, mientras estemos con vida, hasta que hayamos expulsado al último viracocha!

Rápido se hicieron los preparativos. La tribu estuvo en pie en contados minutos.
La noche sin luna favoreció a los nativos, que así encubiertos por la oscuridad
marcharon decididos a exterminar a los intrusos.

Comenzaba a clarear cuando llegaron cerca de su punto de destino. Se distribuyeron de acuerdo a las órdenes del curaca y con empuje fiero se
lanzaron al ataque de la guarnición.

Sin embargo, y contra todas las suposiciones de
los jefes indígenas, en el cuartel de los españoles no se hallaban desprevenidos.
Hombres avezados en la lucha contra el indio, al que venían combatiendo
desde tanto tiempo atrás, sabían que era necesario estar siempre alerta si no se
quería ser víctima del ataque sorpresivo y astuto de los naturales.
Y se entabló la contienda recia, tenaz, salvaje…

Gritos estridentes, alentando a la lucha, se mezclaban con el estampido de los
arcabuces. Se habían enfrentado la bravura de unos, con el coraje de los otros.
Rodaban los heridos alcanzados por el fuego de las armas españolas y caían
éstos atravesados por las fl echas mortíferas de los naturales.

Pero llegó un momento en que los indígenas, vencidos por la superioridad de
número y de elementos, seguros de sucumbir ante el poder nefasto y arrollador
de las armas extranjeras, abandonaron la lucha, dispersándose en todas direcciones.
En la confusión, nadie reconocía a sus jefes, y sintiéndose víctimas de algún
enviado de Zúpay, sólo atinaban a huir, a huir del poder absoluto de las armas
enemigas.

Sembrado quedó el campo de muertos y de heridos.

Cuando la calma hubo vuelto dos indígenas hallaron muerto, junto al tronco de un árbol, a Puca-Sonko, oculto por un cerco de jarilla y de sunchos.

Yacía sobre un charco de sangre y sin duda había llegado hasta allí arrastrándose, a juzgar por el rastro dejado sobre las piedras.

La parte inferior del tronco estaba tomando un color rojo. Se diría que la sangre perdida por el curaca era absorbida por el árbol, gracias a lo cual su sangre
bravía seguiría circulando por un cuerpo vivo al que daría su fortaleza y su bravura.
Y según creencia de los indios así debió ocurrir, porque días más tarde todo el
tronco había tomado un color rojo que hasta ese momento no tenía. Al mismo
tiempo su dureza se hizo tan extraordinaria como había sido extraordinaria la
bravura del cacique Puca-Sonko.

Así, de acuerdo a la convicción de los quichuas, nació el quebracho, árbol que
puebla las selvas del norte argentino y que constituye la planta más útil de nuestra flora.

REFERENCIAS

El quebracho, conocido también con el nombre de quiebrahacha, es un árbol que debe su
nombre a la extraordinaria dureza de su tronco.

El quebracho colorado se caracteriza por el color rojo de su madera, a diferencia del quebracho blanco, cuya madera es de este color.

En nuestro país se conocen dos especies de quebracho colorado: el chaqueño y el santiagueño.
El primero es un árbol que mide entre 10 y 20 metros de altura. Las ramas están, muchas
veces, provistas de espinas agudas y fuertes. Las hojas son simples, enteras, unidas a la
rama por un pequeño pecíolo. Las fl ores son pequeñas, de color amarillo verdoso. El fruto
es una sámara leñosa.

Esta especie abunda en el noreste de nuestro país, en Formosa, Chaco, Corrientes, Misiones y norte de Santa Fe.

A diferencia de la especie chaqueña, el quebracho colorado santiagueño alcanza menos
altura, unos quince metros más o menos, su corteza es oscura y las hojas compuestas.
Habita la región noroeste de nuestro país: Jujuy, Tucumán, Salta, Santiago del Estero, La
Rioja, Catamarca, Córdoba.

Ambos árboles constituyen una de nuestras principales riquezas forestales. Su madera,
extraordinariamente dura, muy rica en tanino, tiene especial resistencia a la humedad, por
lo que en muchos casos reemplaza con ventaja al hierro, como sucede con los durmientes
de ferrocarril, postes, pilotes y el que se usa en trabajos hidráulicos.

Se utiliza también para leña y para fabricar carbón.
El tanino que se extrae del tronco del quebracho colorado constituye un importante producto de exportación. Se envía en gran cantidad a Italia, Alemania, Francia y Estados
Unidos de Norte América.

Es muy útil en el curtido de cueros, pues evita que se pudran.
Con lo expuesto, nos es fácil comprobar la gran utilidad de esta planta y la riqueza que
representa para la economía de nuestro país.

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