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Leyenda
La Salamanca: el lugar diabólico donde el «supay» enseña sus artes

Allí se baila, se hace música, se celebran aquelarres y orgías.

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La Salamanca: el lugar diabólico donde el "supay" enseña sus artes

Según la leyenda la Salamanca es un lugar diabólico, donde el «supay» enseña sus artes y las brujas se reúnen tres veces por semana.

Además es donde acuden los que se inician en la práctica del maleficio o los que van a aprender toda suerte de maña, destreza o habilidad.

A la Salamanca concurre, según la imaginación popular el famoso cantor o guitarrero o bailarín del pago; la moza que enamora; la vieja bruja que prepara los «gualichos», la curandera, el bravo domador o cazador, el que «piala» con destreza; el corredor de las carreras cuadreras; y todo aquel que de un modo u otro se ha destacado en la pelea, en el amor o en el trabajo.

Por lo general, la Salamanca es un lugar oculto entre los breñales, de difícil acceso, cuya entrada conduce a una cueva amplia y lóbrega.

Allí se baila, se hace música, se celebran aquelarres y orgías. Las viejas y viejos se transforman en jóvenes, los enfermos curan, la fealdad se cubre de hermosura.

Pero para entrar es preciso armarse de gran valor. Completamente desnudo, el neófito, hombre o mujer, debe introducirse a la Salamanca con un iniciado. A la entrada de la caverna existe un Cristo «cabeza abajo» al que hay que pegar y escupir.

Ya, en el recinto subterráneo, se ven los animales más repugnantes y asquerosos: arañas peludas, sapos y escuerzos de gran tamaño, ampalaguas, víboras y umucutis, ante los cuales debe el iniciado permanecer impasible «aunque las víboras se envuelvan en el cuerpo».

Si ha podido vencer la repugnancia o el miedo que tales animales producen, es sometido a nuevas pruebas, y al final, si resulta vencedor, el neófito «puede pedir lo que quiera». En caso contrario, se vuelve loco al salir.

Como entretenimiento, durante la reunión, se hace música con bombo, violín, guitarra y arpa; se queman cohetes de estruendo; y se celebran bacanales que duran toda la noche.

Es creencia general que la música de la Salamanca sólo deja de sonar cuando alguien se arrima a la cueva y que los animales que pasan por cerca de ella se «espantan» y huyen despavoridos.

Las leyendas de la Salamanca en el mundo

La Salamanca es un lugar legendario que aparece en numerosas leyendas hispanoamericanas. Se trata de un antro donde brujas y demonios celebran sus aquelarres. En el origen de esta tradición confluyen la leyenda española de la Cueva de Salamanca .

La leyenda en Argentina

Solo puede encontrar la entrada aquel que conoce la palabra que hace visible la cueva. Esta leyenda se originó en zonas guaraníes, en la actualidad es muy poco común que se cuente como tal.

En su interior, el aventurero debe pasar por tres «pruebas iniciáticas»: la primera consiste en resistir el ataque de un chivo maloliente de ojos rojos; la segunda es aguantar la presión de los anillos de una enorme serpiente peluda llamada viborón o culebrón y la última vencer a un «basilisco criollo» de ojos centellantes. Las tres pruebas pueden superarse si se demuestra a las amenazas que no se les tiene temor.

En la provincia de Catamarca, según Villafuerte,​ a la Salamanca se debe entrar desnudo, siendo guiado por un cuervo; al momento de entrar el futuro iniciado debe escupir sobre una imagen sagrada, generalmente un crucifijo.

A veces el mismo Diablo sale de la Salamanca para buscar adeptos; en esos casos toma la forma de el Mandinga, y se aparece como un gaucho vestido lujosamente, con adornos de plata. Los que han estado en la cueva pueden reconocerse porque, dice la tradición, no proyectan sombra.​

Una vez superadas las pruebas, se ingresa a una gran sala de piedra iluminada por lámparas de aceite humano, allí se reúnen para instruirse en la brujería, hechiceros, adivinos, brujos, animales colaboradores y espíritu familiar.

Reina allí un gran alboroto de risas, gritos y llantos. Los concurrentes pueden aprender artes como la curandería y el idioma de los animales, o simplemente a hacer daño.

Leyenda Santiagueña

Según la versión de los santiagueños, y otras zonas del norte de la Argentina, la Salamanca como producto del mestizaje cultural es un espacio destinado a la enseñanza y al intercambio de conocimientos ubicado en una cueva o en el monte, allí el iniciado aprende el arte que le interesa (domar, bailar, tocar la guitarra, curar, maleficiar y demás) siguiendo las lecciones del Supay (el demonio).

La tradición cuenta que si alguien escucha la música de la Salamanca, caerá en una vida de terror, a menos que se trate de una persona de buena fe o tenga un rosario entre sus manos para no caer en la tentación del Supay.

Muchos aseguran que a la Salamanca concurren a hacer pactos con el diablo diversos artistas que quieren utilizar al máximo sus dotes. Esto también implica un «descanso» repleto de sufrimiento. Varios artistas han reflejado la Salamanca en sus obras tanto plásticas como musicales.

Cueva de La Salamanca en la Provincia de Buenos Aires

Se encuentra en las proximidades de la localidad de Obligado, es la más conocida de un sistema de cuevas sobre las barrancas que caen al río Paraná, obviamente recibe su nombre de la leyenda ya que se creía que era un antro infernal.

La historia de La Salamanca también llegó al Chaco, de la mano de los obreros santiagueños que fueron a trabajar en La Forestal. Nostálgicos por las noches junto al fogón, contaban a los jóvenes historias como esta de La Salamanca.

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Anka
El Quebracho Colorado (Leyenda Quichua)

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El Quebracho Colorado (Leyenda Quichua)

En esta oportunidad te traemos una Leyenda Quichua de las más populares, preparate para disfrutar de la leyenda de «El Quebracho Colorado».

Anka era el cacique de una tribu quichua de las que ocupaban el territorio
de nuestro país que hoy llamamos Santiago del Estero.
La selva, poblada por gigantes de troncos recios y grandes copas siempre verdes, de cuyas ramas colgaban como encajes las lianas y las enredaderas,
les proporcionaba el alimento necesario para su subsistencia.
El tacu, el árbol sagrado de los bravos indígenas, era la planta completa. Les
daba sus bayas doradas que ellos transformaban en patay o en aloja o que comían al natural gustando su sabor dulce y agradable.

Anka tenía un hijo: Puca-Sonko, que desde pequeño acompañó a los hombres
de la tribu en las incursiones a la selva, en la caza del jaguar, del venado y del
quirquincho, adquiriendo así una fortaleza física y una destreza como sólo la
vida sana, en contacto directo con la naturaleza es capaz de proporcionar.
Así llegó Puca-Sonko a ser un muchacho fuerte y audaz cuyos brazos nervudos de acero bruñido manejaban el arco y la fl echa, la lanza y el hacha con la
maestría del más aguerrido y valiente de los guerreros de su padre.
En las luchas contra otras tribus belicosas que pretendieron despojarlos de sus
posesiones, el muchacho demostró su sin igual amor a la tierra de sus antepasados, dando pruebas concluyentes de coraje y de audacia.

En tiempos de paz, la vida transcurría plácida y serena en el seno de la tribu de Anka, el cacique venerado por todos

Dedicados a labrar la tierra, a la tejeduría y a la alfarería, fueron sorprendidos
por la infausta noticia de que importantes ejércitos de viracochas venían del
norte en son de conquista.

Interrumpieron entonces sus labores para dedicarse a trazar planes de acción
tendientes a combatir al enemigo que se acercaba y cuyas armas — ellos ya las
conocían — parecían creadas por Zúpay para ayudarlos en sus conquistas.
Anka llamó a su hijo. Se lamentó de que su edad y su precario estado físico
le impidieran encabezar las fi las de guerreros que combatirían a los extranjeros,
pero confi aba en Puca-Sonko, que lo reemplazaría en la dirección de la lucha,
pues unía a su bravura indómita una viveza y una perspicacia incomparables.
Escuchó Puca-Sonko los sabios consejos de su padre y confi ado y decidido a
vencer en la contienda, partió con sus huestes en busca de los intrusos.
Mucho tuvieron que luchar, pero al fi n la astucia y su gran conocimiento del
terreno lograron el triunfo sobre la inteligencia y la fuerza de los extranjeros, que
debieron retirarse impotentes para realizar sus propósitos.

Pasó el tiempo. La paz volvió a reinar en la tribu y la vida de trabajo recomenzó.
El viejo cacique, cuya vida declinaba de día en día, sintió acercarse el fi nal de
su existencia.

La alarma cundió entre los que lo rodeaban y de inmediato se envió a llamar
al hechicero.
Presto acudió el machi y debemos agregar que bien provisto, tal como acostumbraba hacerlo siempre.

A fin de dar visos de verdad a su tratamiento, recogía una piedrecita, una espina, un gusano o cualquier objeto que le fuera posible llevar en la boca y con él así escondido, se presentaba ante el enfermo.

Esto mismo hizo en la presente ocasión, en que llevaba, debajo de la lengua, oculto a las miradas de todos, un gusano hallado junto a su toldo.

Entró a la casa del cacique moribundo chupando la pipa, que sólo rara vez dejaba de fumar.

Se acercó al enfermo y, como si realmente conociera el mal que aquejaba al
anciano, aplicó sus labios al pecho del curaca, chupando con fuerza. Parecía que
esto bastaba para arrancar del cuerpo la dolencia que lo aquejaba.

Después de realizar varias veces esta operación se levantó, acercó a su nariz
polvo de semillas de servil y aspiró con fuerza, lo que le produjo gran excitación
y un estado particular. Parecía hallarse poseído por algún espíritu extraño.
Hizo después diversos gestos, profi rió gritos destemplados y elevó sus brazos
con movimientos nerviosos.

Una vez cumplido este ritual, entre espumarajos arrojó el gusano que aun
guardaba en su boca y dijo con voz monótona, mostrándolo a los presentes,
ahora descansando en la palma de su mano:

—¡Cuánta razón tenías al quejarte, Anka! Este coro roía tus entrañas produciéndote sufrimientos y desazón. Míralo. Aquí está… Desde ahora tus males han
terminado. Descansarás tranquilo y recuperarás la salud.
Sin embargo, contra tales afi rmaciones del machi, esa misma noche, el cacique
murió.

Reunido el Consejo de Ancianos entregó el poder a Puca-Sonko, que reemplazó a su padre como curaca de la tribu.

Al poco tiempo volvieron a llegar rumores de que ejércitos de hombres blancos, en camino desde el norte, avasallaban a los pueblos indígenas que encontraban a su paso.
Fue lo sufi ciente para que los súbditos de Puca-Sonko, encabezados por él
mismo y siguiendo sus ejemplos de audacia y de bravura, no pensaran sino en
prepararse para hacer frente y expulsar de sus dominios a los odiados extranjeros.

El chasqui que llegó con la confirmación de la noticia de su arribo venía impresionado por el aspecto marcial de los españoles, cuyos cascos de metal bruñido relumbraban al sol. También sus corazas refulgían con brillo de oro al ser alcanzadas por los rayos de Inti.

Y llegó el día en que la selva se pobló de ruidos extraños, de retumbar de
cascos de caballos, de chocar de armas y de voces que hablaban un idioma desconocido…
Los españoles estaban muy cerca de la aldea. Habían decidido acampar a la
salida de la selva. Allí establecieron su cuartel.

La rapidez del chasqui, cuyas ágiles piernas y su gran resistencia le permitían
recorrer largas distancias en relativamente cortos espacios de tiempo, hizo posible que los indígenas de la tribu de Puca-Sonko conocieran el arribo de los
españoles al tiempo que éstos realizaban las tareas de instalación.
Los indígenas aprovecharon la nueva para prepararse. No querían ser tomados
desprevenidos.

Esa noche Puea-Sonko no durmió. Por primera vez debía enfrentar, como jefe
supremo de su tribu, a un enemigo tan peligroso como era el extranjero. Por eso
su mente no dejó un momento de elaborar proyectos. Deseaba salir airoso de tan difícil situación salvando sus posesiones y el bienestar de su pueblo.

Después de mucho luchar consigo mismo, decidió poner en práctica un plan
audaz y por demás arriesgado pero con el que le pareció tener más probabilidades de triunfo.
Decidido, llamó a los guerreros más importantes. Era medianoche y todos
dormían en la aldea indígena.

Cuando estuvieron reunidos, el curaca así les habló:

— Como lo afi rmó el chasqui que vino del norte un ejército de viracochas
ha acampado a la salida de la selva, instalando allí su cuartel. Sin duda piensan
atacarnos, dirigiendo desde allí las operaciones. Pero he decidido que no les demos tiempo para que procedan así, sino que, por el contrario, tomándolos por
sorpresa y aprovechando que se hallan preparando su instalación, seremos nosotros quienes iniciaremos el ataque, única forma que puede favorecer nuestra
acción. Los extranjeros son muchos y sus armas seguras y diabólicas aniquilarán
a nuestros hombres. Si a nuestro brío y a nuestra bravura no agregamos astucia
y sagacidad, estamos perdidos… ¡ellos serán los vencedores!

Un rumor de voces indignadas acompañó sus últimas palabras. El más importante de los guerreros respondió:

—Señor… imparte tus órdenes que nosotros estamos dispuestos a cumplirlas.
¡No dejaremos de luchar, mientras estemos con vida, hasta que hayamos expulsado al último viracocha!

Rápido se hicieron los preparativos. La tribu estuvo en pie en contados minutos.
La noche sin luna favoreció a los nativos, que así encubiertos por la oscuridad
marcharon decididos a exterminar a los intrusos.

Comenzaba a clarear cuando llegaron cerca de su punto de destino. Se distribuyeron de acuerdo a las órdenes del curaca y con empuje fiero se
lanzaron al ataque de la guarnición.

Sin embargo, y contra todas las suposiciones de
los jefes indígenas, en el cuartel de los españoles no se hallaban desprevenidos.
Hombres avezados en la lucha contra el indio, al que venían combatiendo
desde tanto tiempo atrás, sabían que era necesario estar siempre alerta si no se
quería ser víctima del ataque sorpresivo y astuto de los naturales.
Y se entabló la contienda recia, tenaz, salvaje…

Gritos estridentes, alentando a la lucha, se mezclaban con el estampido de los
arcabuces. Se habían enfrentado la bravura de unos, con el coraje de los otros.
Rodaban los heridos alcanzados por el fuego de las armas españolas y caían
éstos atravesados por las fl echas mortíferas de los naturales.

Pero llegó un momento en que los indígenas, vencidos por la superioridad de
número y de elementos, seguros de sucumbir ante el poder nefasto y arrollador
de las armas extranjeras, abandonaron la lucha, dispersándose en todas direcciones.
En la confusión, nadie reconocía a sus jefes, y sintiéndose víctimas de algún
enviado de Zúpay, sólo atinaban a huir, a huir del poder absoluto de las armas
enemigas.

Sembrado quedó el campo de muertos y de heridos.

Cuando la calma hubo vuelto dos indígenas hallaron muerto, junto al tronco de un árbol, a Puca-Sonko, oculto por un cerco de jarilla y de sunchos.

Yacía sobre un charco de sangre y sin duda había llegado hasta allí arrastrándose, a juzgar por el rastro dejado sobre las piedras.

La parte inferior del tronco estaba tomando un color rojo. Se diría que la sangre perdida por el curaca era absorbida por el árbol, gracias a lo cual su sangre
bravía seguiría circulando por un cuerpo vivo al que daría su fortaleza y su bravura.
Y según creencia de los indios así debió ocurrir, porque días más tarde todo el
tronco había tomado un color rojo que hasta ese momento no tenía. Al mismo
tiempo su dureza se hizo tan extraordinaria como había sido extraordinaria la
bravura del cacique Puca-Sonko.

Así, de acuerdo a la convicción de los quichuas, nació el quebracho, árbol que
puebla las selvas del norte argentino y que constituye la planta más útil de nuestra flora.

REFERENCIAS

El quebracho, conocido también con el nombre de quiebrahacha, es un árbol que debe su
nombre a la extraordinaria dureza de su tronco.

El quebracho colorado se caracteriza por el color rojo de su madera, a diferencia del quebracho blanco, cuya madera es de este color.

En nuestro país se conocen dos especies de quebracho colorado: el chaqueño y el santiagueño.
El primero es un árbol que mide entre 10 y 20 metros de altura. Las ramas están, muchas
veces, provistas de espinas agudas y fuertes. Las hojas son simples, enteras, unidas a la
rama por un pequeño pecíolo. Las fl ores son pequeñas, de color amarillo verdoso. El fruto
es una sámara leñosa.

Esta especie abunda en el noreste de nuestro país, en Formosa, Chaco, Corrientes, Misiones y norte de Santa Fe.

A diferencia de la especie chaqueña, el quebracho colorado santiagueño alcanza menos
altura, unos quince metros más o menos, su corteza es oscura y las hojas compuestas.
Habita la región noroeste de nuestro país: Jujuy, Tucumán, Salta, Santiago del Estero, La
Rioja, Catamarca, Córdoba.

Ambos árboles constituyen una de nuestras principales riquezas forestales. Su madera,
extraordinariamente dura, muy rica en tanino, tiene especial resistencia a la humedad, por
lo que en muchos casos reemplaza con ventaja al hierro, como sucede con los durmientes
de ferrocarril, postes, pilotes y el que se usa en trabajos hidráulicos.

Se utiliza también para leña y para fabricar carbón.
El tanino que se extrae del tronco del quebracho colorado constituye un importante producto de exportación. Se envía en gran cantidad a Italia, Alemania, Francia y Estados
Unidos de Norte América.

Es muy útil en el curtido de cueros, pues evita que se pudran.
Con lo expuesto, nos es fácil comprobar la gran utilidad de esta planta y la riqueza que
representa para la economía de nuestro país.

RECOPILACIÓN DE HISTORIAS, LEYENDAS Y POEMAS

Educación y Capacitación para el Desarrollo Sostenible!e del Chaco Sudamericano

Proyecto de manejo sostenible de los recursos naturales en el Chaco sudamericano – GTZ

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Creencia Popular
Karaí Octubre: qué es y por qué se lo recibe con la mesa llena

Se realizan grandes comilonas al aire libre, generalmente frente a las casas, para de esa manera demostrar al Karaí Octubre que ostentan suficientes alimentos.

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Karaí Octubre: qué es y por qué se lo recibe con la mesa llena

Según la creencia popular, el Karaí (señor) Octubre es un duende maléfico que sale todos los 1º de octubre a recorrer las casas y ver quiénes tienen suficiente comida.

Según el mito, va mirando si la gente sembró y trabajó durante el año y supo guardar para los meses en que no hay cosecha.

A quienes no cuidaron los castiga con miseria hasta fin de año y a los que tienen para invitar los premia con abundancias. Es por esto que los guaraníes recibían el mes de octubre con un delicioso y suculento jopará, similar a un locro y poroto, con la intención de conjurarlo, ya que este duende no se queda en los lugares donde hay abundancia.

Las familias ese día realizan grandes comilonas al aire libre, generalmente frente a sus casas, para de esa manera demostrar al Karaí Octubre que ostentan suficientes alimentos en el mes de la miseria.

Jopará para el Karaí Octubre

Es por esto que los guaraníes recibían el mes de octubre con un delicioso y suculento Jopará, similar a un locro, con la intención de conjurarlo, ya que este duende no se queda en los lugares donde hay abundancia.

Según la tradición, octubre es el mes en que escasean los alimentos: la mandioca, el maíz y otros productos vegetales son más difíciles de conseguir en el campo.

Por eso, el día 1 se come puchero con locro, poroto, arroz y verduras en abundancia, el muy famoso “karaku jopará” (huesos de vaca mezclado con todo). Así con la panza llena se tiene la escapatoria para no hacer esfuerzos después de almuerzo. Esto asegurará la abundancia en la cocina durante todo el año.

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Chamamé y Leyenda
La Leyenda del Carau, también llamado Carao, Pájaro Llorón o Viuda Loca

Fue un muchacho apuesto y muy buen bailarín. Vivía en compañía de su madre.

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La Leyenda del Carau, también llamado Carao, Pájaro Llorón o Viuda Loca

La Leyenda del Carau, (Aramus guarauna), también llamado carao, carrao, pájaro llorón o viuda loca, es un ave del orden gruiformes, pariente de las grullas.

Es una especie propia de América. Esta ave, que puede alcanzar los 66 centímetros, es de color pardo oscuro. De lejos se la percibe de un tono más negro y por ello en la leyenda se vistió de luto. 

Su cabeza, cuello y garganta son pardos con manchitas blancas que caen hacia el dorso. Su pico es amarillento en la base con la punta negra. Sus patas son negras. Posee alas grandes que exceden el metro de envergadura. Sus patas -así como su cuello y pico- son largas. 

Quien inspiró la frase “flautines del sol” escribió: “Dedico mi tiempo a estas aves que no acumulan riquezas. Sólo recogen lo que necesitan para vivir”. Las aves destellan en características únicas e irrepetibles. 

La leyenda cuenta que Carau fue un muchacho apuesto y muy buen bailarín. Vivía en compañía de su madre, para quien eran todos sus cuidados y desvelos. Pero cierta vez que ella enfermó, Carau agotó sus esfuerzos para atenderla con medicación casera y al no tener mejoría, resolvió marchar al atardecer al pueblo. En el camino encontró un baile. Ahí se quedó bajo los encantos de una dama. 

Olvidó el remedio que iba a buscar. En medio de la fiesta, un amigo le trajo la noticia de que su madre había muerto. El siguió bailando bajo la respuesta: “Hay tiempo para llorar”. 

Al amanecer y ante el cuerpo de su madre, el remordimiento lo embargó por completo. Durante el día de la sepultura y por la tarde su lamento se extendió en el ambiente y su ropaje se fue transformando en plumaje negro. 

Es común el aleteo asincopado del carau sobre la línea del horizonte. Su canto suena como su nombre, “kháro”, de a dos o tres veces, de alarma baja y algo ronca. También muy potente se escucha un “karáooo” o “karáuuuu”, derivando en gritos/sollozos hasta por varios minutos. 

Es propio de zonas de humedales dulces. Es posible avistarlo en la provincia y en casi todo el norte del país. 

Hurgando en los registros de Sadaic, encontramos una primera grabación de este motivo popular de 1937, bajo el título de “Bicho Feo/El Carau”, de Luis Sauret González. 

Años más tarde, ya en la década del 40 aparecerá un nombre conocido dentro del ambiente chamamecero, Emilio Chamorro. Luego la lista de ensancha con Mauricio Valenzuela, Zito Segovia del Chaco, Conjunto Ivotí, Mario Bofill, Los Hermanos Barrios, entre tantos otros chamameceros. 

La Leyenda del Carau

“Esta es una bella leyenda”, dice Girala Yampey, el poeta y escritor paraguayo de quien hemos tomado la leyenda de “Flautines del Sol”.

“Es bueno recordar que se refiere al kárau guasú, karáu grande y no al karáu’i, karáu chico. A estos pequeños que generalmente vuelan en bandadas de simétricas formaciones, se los llama también karáu cuarteleros o más simplemente: bandurrias. Del carau que hablamos aquí es de mayor tamaño. Es solitario, casi no se lo encuentra en grupos, pero sí en pareja. Es el que lanza un triste graznido en los atardeceres y ha dado origen a la leyenda cuyas versiones son conocidas, sólo varían en pequeños detalles, sin alterar el contenido”. 

“Sin embargo, Saturnino Muniagurria concluyó su drama folclórico “Carau” en 1938. Lo publicó en 1949, incluyendo como prólogo una carta-estudio de Eudoro Vargas Gómez, que le enviara el 11 de julio de 1938.

Ahí se lee: “Saturnino, sobre la base del mito conocido, denuncia la explotación del hombre por el hombre, en los quebrachales del norte santafesino, la inmoralidad del capital extranjero. Esta fue la única obra de teatro que escribió”. 

“La obra del escritor correntino Saturnino, basándose en la leyenda, escribió una obra teatral que es una recreación que convierte al personaje Carau en un esforzado gaucho que, en alguna forma, busca la redención de su pueblo. Sumido en la pobreza y resignado a su suerte. De esta forma lo convierte en un personaje mítico, identificándolo con el drama del mencho que lucha contra las adversidades, pero que no encuentra la forma de hacer algo para mejorar su destino. 

El drama teatral finaliza en circunstancia en que Caráu, para no caer en manos de sus enemigos, decide internarse en el estero diciendo a su amigo: yo he enseñado a mi pueblo a despreciar el dolor, a no humillarse ante los poderosos, a no mercar con la conciencia”, dijo. 

Luego, agrega, “internádose en los esteros para escapar de las persecuciones, desde el fondo de esos parajes, siguió lanzando su retumbo, su largo y quejumbroso grito que anhela despertar a su pueblo del conformismo y la indolencia. 

Con su obra, Muniagurria revierte la leyenda. Esta pieza teatral convierte al Carau en símbolo. El autor condena las precarias condiciones de vida de los maestros rurales, la explotación en manos de una firma extranjera a la que se hallan sometidos los obreros del quebrachal, la politiquería de ciertos individuos que aspiran a puestos públicos y la deshonestidad reinante, tanto en el ámbito de la compañía extranjera como en el de los propios compañeros del protagonista”. 

Por su parte, Marta Egul de París, otra escritora correntina, dice, en el ámbito de las letras provinciales, el guaranista y escritor Saturnino Muniagurria profundo conocedor del indio guaraní y de su idioma, ha fijado el prototipo del gaucho correntino en su única pieza dramática titulada “Karáu”. En la parte argumental coinciden diversos elementos y motivaciones predominantes. El autor trazó el perfil contradictorio y múltiple del hombre de campo, resultando así un testimonio de la problemática socio-económica de su tiempo.  

En el sentido estricto de su perspectiva, Carau aquí encarna la bandera de la redención contra las injusticias sociales y el abuso del poder. El texto dramático abunda en referencias y personajes testimoniales contemporáneos de la década del 30 y 40. 

Vía: El Litoral

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