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Chamamé y Leyenda
La Leyenda del Carau, también llamado Carao, Pájaro Llorón o Viuda Loca

Fue un muchacho apuesto y muy buen bailarín. Vivía en compañía de su madre.

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La Leyenda del Carau, también llamado Carao, Pájaro Llorón o Viuda Loca

La Leyenda del Carau, (Aramus guarauna), también llamado carao, carrao, pájaro llorón o viuda loca, es un ave del orden gruiformes, pariente de las grullas.

Es una especie propia de América. Esta ave, que puede alcanzar los 66 centímetros, es de color pardo oscuro. De lejos se la percibe de un tono más negro y por ello en la leyenda se vistió de luto. 

Su cabeza, cuello y garganta son pardos con manchitas blancas que caen hacia el dorso. Su pico es amarillento en la base con la punta negra. Sus patas son negras. Posee alas grandes que exceden el metro de envergadura. Sus patas -así como su cuello y pico- son largas. 

Quien inspiró la frase “flautines del sol” escribió: “Dedico mi tiempo a estas aves que no acumulan riquezas. Sólo recogen lo que necesitan para vivir”. Las aves destellan en características únicas e irrepetibles. 

La leyenda cuenta que Carau fue un muchacho apuesto y muy buen bailarín. Vivía en compañía de su madre, para quien eran todos sus cuidados y desvelos. Pero cierta vez que ella enfermó, Carau agotó sus esfuerzos para atenderla con medicación casera y al no tener mejoría, resolvió marchar al atardecer al pueblo. En el camino encontró un baile. Ahí se quedó bajo los encantos de una dama. 

Olvidó el remedio que iba a buscar. En medio de la fiesta, un amigo le trajo la noticia de que su madre había muerto. El siguió bailando bajo la respuesta: “Hay tiempo para llorar”. 

Al amanecer y ante el cuerpo de su madre, el remordimiento lo embargó por completo. Durante el día de la sepultura y por la tarde su lamento se extendió en el ambiente y su ropaje se fue transformando en plumaje negro. 

Es común el aleteo asincopado del carau sobre la línea del horizonte. Su canto suena como su nombre, “kháro”, de a dos o tres veces, de alarma baja y algo ronca. También muy potente se escucha un “karáooo” o “karáuuuu”, derivando en gritos/sollozos hasta por varios minutos. 

Es propio de zonas de humedales dulces. Es posible avistarlo en la provincia y en casi todo el norte del país. 

Hurgando en los registros de Sadaic, encontramos una primera grabación de este motivo popular de 1937, bajo el título de “Bicho Feo/El Carau”, de Luis Sauret González. 

Años más tarde, ya en la década del 40 aparecerá un nombre conocido dentro del ambiente chamamecero, Emilio Chamorro. Luego la lista de ensancha con Mauricio Valenzuela, Zito Segovia del Chaco, Conjunto Ivotí, Mario Bofill, Los Hermanos Barrios, entre tantos otros chamameceros. 

La Leyenda del Carau

“Esta es una bella leyenda”, dice Girala Yampey, el poeta y escritor paraguayo de quien hemos tomado la leyenda de “Flautines del Sol”.

“Es bueno recordar que se refiere al kárau guasú, karáu grande y no al karáu’i, karáu chico. A estos pequeños que generalmente vuelan en bandadas de simétricas formaciones, se los llama también karáu cuarteleros o más simplemente: bandurrias. Del carau que hablamos aquí es de mayor tamaño. Es solitario, casi no se lo encuentra en grupos, pero sí en pareja. Es el que lanza un triste graznido en los atardeceres y ha dado origen a la leyenda cuyas versiones son conocidas, sólo varían en pequeños detalles, sin alterar el contenido”. 

“Sin embargo, Saturnino Muniagurria concluyó su drama folclórico “Carau” en 1938. Lo publicó en 1949, incluyendo como prólogo una carta-estudio de Eudoro Vargas Gómez, que le enviara el 11 de julio de 1938.

Ahí se lee: “Saturnino, sobre la base del mito conocido, denuncia la explotación del hombre por el hombre, en los quebrachales del norte santafesino, la inmoralidad del capital extranjero. Esta fue la única obra de teatro que escribió”. 

“La obra del escritor correntino Saturnino, basándose en la leyenda, escribió una obra teatral que es una recreación que convierte al personaje Carau en un esforzado gaucho que, en alguna forma, busca la redención de su pueblo. Sumido en la pobreza y resignado a su suerte. De esta forma lo convierte en un personaje mítico, identificándolo con el drama del mencho que lucha contra las adversidades, pero que no encuentra la forma de hacer algo para mejorar su destino. 

El drama teatral finaliza en circunstancia en que Caráu, para no caer en manos de sus enemigos, decide internarse en el estero diciendo a su amigo: yo he enseñado a mi pueblo a despreciar el dolor, a no humillarse ante los poderosos, a no mercar con la conciencia”, dijo. 

Luego, agrega, “internádose en los esteros para escapar de las persecuciones, desde el fondo de esos parajes, siguió lanzando su retumbo, su largo y quejumbroso grito que anhela despertar a su pueblo del conformismo y la indolencia. 

Con su obra, Muniagurria revierte la leyenda. Esta pieza teatral convierte al Carau en símbolo. El autor condena las precarias condiciones de vida de los maestros rurales, la explotación en manos de una firma extranjera a la que se hallan sometidos los obreros del quebrachal, la politiquería de ciertos individuos que aspiran a puestos públicos y la deshonestidad reinante, tanto en el ámbito de la compañía extranjera como en el de los propios compañeros del protagonista”. 

Por su parte, Marta Egul de París, otra escritora correntina, dice, en el ámbito de las letras provinciales, el guaranista y escritor Saturnino Muniagurria profundo conocedor del indio guaraní y de su idioma, ha fijado el prototipo del gaucho correntino en su única pieza dramática titulada “Karáu”. En la parte argumental coinciden diversos elementos y motivaciones predominantes. El autor trazó el perfil contradictorio y múltiple del hombre de campo, resultando así un testimonio de la problemática socio-económica de su tiempo.  

En el sentido estricto de su perspectiva, Carau aquí encarna la bandera de la redención contra las injusticias sociales y el abuso del poder. El texto dramático abunda en referencias y personajes testimoniales contemporáneos de la década del 30 y 40. 

Vía: El Litoral

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La leyenda del Chingolo o chingolito

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La leyenda del Chingolo o chingolito

La leyenda del Chingolo o chingolito que es un ave típica de los “cielos argentinos”. Tiene un curioso andar de a saltitos y se lo suele confundir con un gorrión, pero este tiene un curioso penacho o copete.

La leyenda del chingolo se basa en una triste historia de la relación entre padre e hijo. El hombre era un gran tropero, de mucha experiencia y quería que su hijo sea como él así como también su abuelo le había enseñado el oficio.

Sin embargo, este muchacho nunca hacía caso a su padre, y aunque a veces le hablaba y parecía entrar en razón todo ello era en vano.

El joven en ocasiones acompañaba al padre a hacer el trabajo pero este lo hacía con desgano y siempre desdeñando la tarea de su padre.

Pero un día una tragedia llegó a su vida. Debían pasar los animales por el vado de un río torrentoso con mucha corriente. El hombre le indicó a su hijo que evite el desbande de los mismos que trataban de dispersarse, pero el muchacho hizo muy mal su trabajo.

La leyenda del Chingolo o chingolito

Tanto fue así que el hombre se colocó en el medio del río con su caballo tratando de evitar perder los animales en aquel río, pero el remolino que se formó en el medio no le permitió rescatar su propia vida y allí terminó ahogado.

El joven lloró amargamente mucho tiempo y se sintió culpable por no haber aprendido y hacer su trabajo como corresponde.

Es por eso que para mitigar su dolor y culpa decidió hacerse tropero. Poco a poco comenzó a tomar el oficio mas en serio y a hacerlo de una muy buena manera. Allí comenzó a encariñarse con el oficio que su padre y abuelo habían practicado en vida, y de día silbaba mientras que de noche cantaba mirando hacia el cielo.

No obstante, este silbido no era mas que el sufrir de un alma que sentía culpa por lo sucedido con su padre en aquel triste día. Tristemente el consuelo nunca llegó.

Un día le confesó a un amigo que vivía atormentando por esta culpa y le pidió que cuando muera arroje sus huesos por aquellos vados o arroyos por donde había pasado con su padre haciendo el trabajo de tan mala gana.

Cuando llegó el día de su muerte, el amigo cumplió con el pedido del tropero que nunca había podido calmar su dolor y culpa.

Cuenta la historia que aquellos huesos al estar en contacto con el agua se fueron desgastando y tomaron la forma de huevos. De aquellos huevos, nacieron pajaritos. Ese pajarito es el chingolo.

Anda dando saltitos, y recuerda con con dolor no haber obedecido a su padre. Silba cuando canta, porque el tropero silba y canta de día y de noche azuzando la tropa en la soledad de los campos.

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La historia de «Mate Cosido», un bandido entre el misterio y la leyenda

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La historia de "Mate Cosido", un bandido entre el misterio y la leyenda

La historia de «Mate Cosido», un bandido entre el misterio y la leyenda. El tren se acercó a la estación de Villa Berthet, en el Chaco. No llevaba pasajeros comunes sino a gendarmes que estaban agazapados en los vagones, esperando, nerviosos. Mate Cosido no sabía que lo habían traicionado y que la Gendarmería le había tendido una trampa.

El 22 de diciembre de 1939, su banda secuestró a Jacinto Berzón, encargado de una estancia. Le pidieron a su familia 50.000 pesos de rescate con estas instrucciones: el 7 de enero de 1940, antes de que el tren llegase a Villa Berthet, a una señal debían tirar el paquete con la plata por una ventanilla.

El día fijado, Mate Cosido y “El Tata Miño”, un compinche, hicieron la señal con una linterna y el tren redujo la marcha. Desde una ventanilla tiraron un paquete (tenía recortes de diarios) y los bandidos se acercaron confiados pues la oscuridad los protegía. De pronto, una bengala iluminó el lugar. Mate Cosido quedó inmóvil con la 45 en la mano.

Los gendarmes se incorporaron y tiraron con carabinas Mauser y pistolas Ballester Molina calibre 38 a todo lo que se movía. A la vez, descubrieron una ametralladora pesada Colt 7,65 que estaba tapada con una lona en un vagón bajo y sin techo.

La historia de «Mate Cosido», un bandido entre el misterio y la leyenda

Mate Cocido, en el diario El Litoral, tras tirotearse con la Gendarmería.

Un balazo dio en la mochila que llevaba el “Tata Miño” y se salvó, pero el jefe sintió que le quemaba la cadera. Le habían dado y quedó expuesto justo enfrente de la ametralladora. Se escuchó un chasquido, y otro más, y otro más. El gendarme artillero se puso pálido. Tenía a Mate Cosido a su merced pero en el apuro se habían olvidado de quitarle el seguro a la ametralladora. Mate Cosido se alejó rengueando. Gritos y más tiros. El enemigo público número uno del Chaco había escapado.

Segundo David Peralta usó siete nombres falsos en su vida pero tenía un solo alias, Mate Cosido, a causa de una cicatriz oblicua sobre la frente, del lado derecho, de un centímetro, que le quedó al coserle la herida. Eso dice en su prontuario de Gendarmería, que lleva el número uno. También, que medía 1,65, de pelo castaño, con una “calvicie frontal incipiente”, de labios finos y orejas grandes. Los años en el monte chaqueño oscurecerían su piel, le harían perder dos dientes y lo enflaquecerían.

Chaco recién sería provincia en 1951. En la década del 30 en ese territorio actuaba Gendarmería. Y lo que no dice aquella ficha es que la Gendarmería se estableció y organizó en el norte con el objetivo de atrapar a Peralta, una empresa impulsada por las firmas Bunge y Born, Dreyfus, La Forestal (el monopolio inglés del quebracho colorado) y los dueños de muchas estancias, a quienes Mate Cosido robaba acusándolos de explotar al obrero.

La Gendarmería no pudo cumplir con su misión. Aquella del tren de Villa Berthet fue la última vez que lo vieron. Hace 79 años, cuando escapó a la emboscada, Mate Cosido se convirtió en una leyenda –la del bandido benefactor– y también en un misterio –¿qué fue de él?– jamás resuelto.

Peralta no era chaqueño. Nació en Monteros, Tucumán, en 1897. Tenía cinco hermanos. Al terminar la primaria trabajó en una imprenta. Era curioso y le gustaba leer todo lo que caía en sus manos tanto como escuchar historias del campo.

Es curioso que Peralta y Juan Bautista Vairoletto, el otro famoso bandido rural de aquellos años, tuvieran problemas con la autoridad por la misma causa. Peralta salía con una chica que también le interesaba a un policía. Vairoletto, en Santa Fe, cortejaba a una jovencita que le gustaba a un cabo. Los dos terminaron igual: se cuenta que les inventaron delitos para sacarlos del medio. Vairoletto mató al cabo y se dedicó al bandidaje; Mate Cosido empezó a robar de verdad. Ambos dejaron a sus familias y perdieron a sus novias. Vairoletto se fue a La Pampa y Mate Cosido al Chaco.

A diferencia de Vairoletto, que asaltaba al voleo y según la ocasión, Peralta era calculador y planificaba con detalle los golpes con la información que le alcanzaban los peones, las prostitutas o algún policía corrupto. Su banda estaba formada por unos 15 hombres, entre ellos Pascual Miño, alias “El Tata Miño”, Eusebio Zamacola, alias “El Vasco”, Mauricio Herrera, alias “El Indio”, Antonio Rosi, alias “El Calabrés”, y Pedro Fitz, alias “El Alemancito”. Con ellos asaltó trenes y empresas; también a viajantes, pagadores, productores.

Se escondía en los montes chaqueños y en Santiago del Estero y Tucumán. En Córdoba tenía una casa quinta tipo fortaleza donde vivía su mujer, Ramona Romano, y su hijo, Ricardo Fernando.

Ramona Romano, su esposa.
Ramona Romano, su esposa.

Su imagen en la prensa de Buenos Aires era la del bandido que protegía a los pobres. Peralta es un caso único en el ambiente del delito debido a que solía escribir a una revista porteña. Ahora, para desmentir los partes de Gendarmería y contar su versión de los asaltos, crónicas periodísticas firmadas por el propio autor de los robos. Decía que los verdaderos ladrones eran sus víctimas, que explotaban el suelo argentino y a los campesinos.

El historiador Hugo Chumbita afirma que Mate Cosido y Vairoletto se conocieron. Los presentaron amigos en común, anarquistas. ¿Dónde? En un prostíbulo porteño de Barracas, o en un templo masónico de la logia Hijos del Trabajo, de San Antonio 814, también de Barracas.

Vairoletto estaba de paisano. Peralta, con traje negro. Dicen que simpatizaron, que acordaron operar en el Chaco contra la empresa La Forestal. Brindaron por “la anarquía y el reparto de tierras a los chacareros”.

El primer asalto en conjunto fue en marzo de 1938. Robaron al gerente de Quebrachales Fusionados, subsidiaria de La Forestal. El siguiente golpe fue un desastre. Eran las diez de la noche del 10 de mayo de 1938, los bandidos rodearon el establecimiento que tenía La Forestal en el paraje Kilómetro 25, pero los estaban esperando y en el tiroteo murió el mayordomo Oscar Mieres. Vairoletto creyó que había un soplón entre los de Peralta y volvió al sur.

La Logia Masónica "Hijos del trabajo", donde se reunieron Peralta y Vailoretto.
La Logia Masónica «Hijos del trabajo», donde se reunieron Peralta y Vailoretto.

Mate Cosido escribió una carta a la revista “Ahora” donde decía: «Otro regalito es la muerte del mayordomo Mieres; mi acusador Manuel Delgado (…) sabe bien quiénes son los verdaderos autores, y si usio mi nombre es para salvar a sus compañeros y tal vez violentado por la policía».

Mate Cosido cometió más robos en 1938 y en 1939 hasta que secuestró a Jacinto Berzón. Uno de sus hombres, Julio Centurión, que cuidaba al secuestrado, lo vendió. Dejó libre a Berzón y por sus informes la Gendarmería preparó la trampa del tren de Villa Berthet.

La herida en la cadera que se llevó Mate Cosido en esa emboscada era muy seria. Escapó hacia Añatuya, en Santiago del Estero. Los gendarmes lo siguieron la pista y hasta encontraron su bombacha de campo manchada con sangre. Durante un año vigilaron allí, en la casa de los padres en Tucumán y en la de su mujer en Córdoba.

A mediados de 1940 se dijo que había muerto al infectarse la herida de la cadera; se dijo que se refugió en Córdoba; se dijo que la traición lo decidió a abandonar la delincuencia e irse a Paraguay, donde pasó el resto de su vida. Lo único cierto es que tenía 43 años y que nunca más se supo nada de él.

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La Leyenda del Pacaá, la pacaá o gallina de monte

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La Leyenda del Pacaá, la pacaá o gallina de monte

En Historias, Mitos y Leyendas, hoy te traemos otro apasionante relato como lo son la mayoría de estos en nuestra región, hoy, la Leyenda del Pacaá.

El pacaá, la pacaá o gallina de monte, como también lo llama el pueblo, era un mozo necio y haragán que poco duraba en las estancias donde se empleaba como peón.

Según esta narración un joven muy haragán y perezoso que nunca duraba en ningún trabajo vivía en un humilde rancho con su anciana madre que lo amaba y se desvivía por atenderlo.

Pero un día este joven desapareció de su hogar y del lugar donde vivía. La razón era que había encontrado una tinaja con monedas de oro y joyas con piedras preciosas.

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Eso le permitió comprar propiedades, ganado y hasta una estancia donde se radicó, rico y feliz, mientras su madre lloraba amargamente pensando al pasar el tiempo sin noticias, que su amado hijo había muerto.

Pero un día un vecino de aquel rancho donde había vivido se enteró de la nueva vida de aquel joven egoísta y se lo contó a su madre.

Entonces, una fría noche de invierno esta se presentó en la estancia, enferma y hambrienta ,quiso abrazarlo ante su indiferencia y le pidió que le cebara unos mates para reconfortarse por la larga travesía que había hecho caminando.

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El mal hijo se negó con altanería diciendo ¡Opá el caá! (se acabó la yerba).

Entonces Tupá, su Dios, lo castigó por su desamor y su ingratitud.

Así lo transformó en un ave que al atardecer, al llegar la noche deja oír su canto triste, que suena como un eterno lamento, Opá el caá, opá.

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